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El imperio incaico a la muerte de Huayna Cápac

El imperio incaico a la muerte de Huayna Cápac

El imperio constituido por los incas, linaje guerrero y sacerdo­tal originario del Cusco, alcanzó su máxima expansión durante el rei­nado de Huayna Cápac. Refiere la versión tradicional, extraída de las crónicas, que el Tahuantinsuyo (“reunión de las cuatro partes del mundo”) llegó por el norte hasta el río Ancasmayo, en las cercanías del nudo de Pasto, y que por el sur se extendió hasta el río Maulé y el Tucumán. Tras sojuzgar a los pueblos establecidos en la costa, los incas pudieron ejercer pleno dominio en las aguas del Pacífico, pero en cambio no lograron reducir a las comunidades selváticas asenta­das en la Amazonia. Un problema que ha sido objeto de grandes controversias es la magnitud demográfica que poseía el territorio in­caico a la llegada de los conquistadores españoles; quien ha realiza­do las más serias investigaciones sobre este tema es Noble David Cook (1977), el cual estima que la población del Tahuantinsuyo alre­dedor de 1530 era de unos seis millones de habitantes.

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Ámbito geográfico del Imperio del Tahuantinsuyo (¿1438? – 1532). Ilustración de Waldemar Espinoza Soriano. Lima 1986

Debido a la falta de testimonios escritos de la época prehispá- nica, por el carácter ágrafo de los moradores autóctonos, son verda­deramente inciertos los orígenes de la expansión incaica. Las leyen­das corrientes sobre el surgimiento de la estirpe imperial mencionan a la isla de Titicaca, las cuevas de Tamputoco y el cerro de Huanacau- ri como hitos importantes de su recorrido original, aunque todas las versiones coinciden en señalar al Cusco u “ombligo del mundo” co­mo la sede matriz del imperio. Fue el inca Pachacútec quien, al de­rrotar a los chancas de Andahuaylas, comenzó la extensión de su po­derío político más allá de la comarca cusqueña. En un lapso que pa­rece no mayor de cien años se desarrolló la magna acción conquistadora de los incas, llevada a cabo por Pachacútec y sus sucesores Túpac Yupanqui y Huayna Cá­pac, quienes supieron combinar la fortaleza de sus efectivos mili­tares con una gran destreza ne­gociadora en el trato con los pueblos circunvecinos.

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Las tropas que participa­ban en las campañas bélicas de los quechuas eran generalmente dirigidas por miembros del pro­pio linaje incaico. La mayoría de soldados eran reclutados en las provincias sujetas al dominio de aquellos, constituyendo su fuer­za de combate un género de tri­butación. Esto traía como conse­cuencia una falta de disciplina al momento de guerrear, por lo que existe la impresión de que los invasores cusqueños logra­ban vencer por el mayor núme­ro de sus efectivos, antes que por un control adecuado de sus oficiales. A dicho factor se suma­ban, por cierto, las ventajas que solían ofrecer los emisarios di­plomáticos enviados a tratar con los nuevos súbditos.

En cuanto a la política colonizadora del Tahuantinsuyo, apre­ciamos claramente —por los rezagos subsistentes bajo la dominación española— que lo usual era mantener a los curacas aborígenes en sus puestos de gobierno. Considerando la enorme importancia que tenía el aspecto religioso, uno de los medios de sometimiento más efecti­vos consistía en llevar las huacas o ídolos de las etnias vencidas, jun­to con algunos ministros de su culto, a la capital del imperio: de este modo se les inculcaba la idea de que el Cusco significaba el nuevo eje de su existencia. Simultáneamente, se introducía a tales vasallos en el culto a Viracocha, el Sol, lllapa y otras divinidades incaicas. Además, era obligatorio el aprendizaje del idioma quechua y el uso de la ves­timenta característica de los dominadores, no obstante lo cual se les permitía conservar los gorros o turbantes vernáculos como símbolo de distinción étnica.Los emperadores residentes en el Cusco trataban de legitimar su autoridad presentándose como descendientes o re­presentantes del dios Sol, figura religiosa que dejó en un segundo plano a Viracocha —la divinidad creadora del mundo andino— des­pués de la triunfal acción de Pachacútec; por ese motivo, el inca era reverenciado como una personalidad arquetípica, virtualmente so­brenatural. Con arreglo a dicha concepción, el soberano quechua asumía teóricamente el rol de bienhechor de todos los hombres, lo que lo obligaba a cuidar de sus vasallos en cualquier ocasión de peli­gro o desastre, así como a mantenerlos satisfechos y plácidos. Para realizar tales propósitos, los monarcas se valían de una nutrida buro­cracia, cuya estructura fue ampliándose conforme se dilataban las fronteras del Tahuantinsuyo

La administración de ese vasto territorio se ejercía mediante el concurso de dos niveles de funcionarios. En primer lugar estaba la aristocracia de los orejones, formada por miembros de las panacas (li­najes) de los incas antiguos y por algunos sujetos elevados a esa dig­nidad en virtud de su talento para la labor gubernativa; tanto unos como otros tenían el derecho de legar su posición privilegiada a sus descendientes. Los orejones desempeñaban cargos eminentes en la organización del Cusco, dirigían expediciones militares de conquista y sojuzgación, efectuaban visitas para controlar el gobierno de los cu­racas, etc. El segundo nivel burocrático correspondía a los jefes de las comunidades étnicas, quienes mantuvieron su preeminencia bajo el requisito de observar las normas dictadas por el inca y ofrecer el aporte tributario de sus súbditos, cada vez que les fuera solicitado. Si bien no hay manera de determinar con certeza la efectividad de la medida, es sabido que los incas trataron de establecer un régimen decimal de gobierno y fiscalidad, distinguiendo entre curacas respon­sables de 10.000, 5.000, 1.000, 500 ó 100 tributarios.

¿De qué se componía la tributación aludida? Básicamente consistía en la prestación de mano de obra de los varones hábiles pa­ra trabajar, la misma que los administradores incaicos utilizaban de acuerdo con sus necesidades. Esa fuerza laboral se destinaba a for­mar el ejército, a accionar el sistema de correos (chasquis), a explotar las minas, a construir puentes, caminos y otros edificios públicos, a brindar servicio personal a la nobleza; también solía emplearse a los tributarios en el cultivo agrícola y en el pastoreo de ganados, activi­dades que beneficiaban tanto al estado como al grupo sacerdotal.

Señalan las fuentes antiguas que permanecían exceptuados de esas tareas comunales los yanaconas —servidores de los principales buró­cratas— junto con los oficiales especializados en el manejo de qui­pus, en la metalurgia o en alguna rama artesanal. La aportación de mano de obra se regía por un sistema rotativo entre los poblado­res, que era la mita, práctica que fue recogida más tarde por los gobernantes coloniales.

La actividad productiva más importante en el incario era la agricultura. Se distinguían esencialmente dos sistemas de cultivo: el de las frías punas, donde predominaba la papa (al lado de otros tubérculos), y el de los valles templados de la sierra, donde se plan­taba maíz, zapallo, rocoto, etc. De manera complementaria, inte­graban su dieta los productos cosechados en valles bajos y cálidos del litoral y en las yungas de la vertiente oriental de los Andes, tales como algodón, coca, ají, calabazas y diversas frutas. To­do lo relacionado con el medio agrícola, incluyendo la prepara­ción del suelo y obras de rega­dío, era objeto de intensa aten­ción ritual; así, el calendario se hallaba marcado por las distin­tas etapas del trabajo agrario. Por lo que respecta a la tenen­cia de tierras, cabe distinguir como dueños de parcelas a los indios de las comunidades, los curacas, el estado, el aparato del culto solar, los linajes incai­cos, los mitimaes o colonos de­signados por la administración estatal y algunos individuos premiados por sus servicios es­peciales.

Una clasificación semejan­te a esa es válida para explicar también la posesión de rebaños de camélidos, los cuales abunda­ban particularmente en la mese­ta del Collao. Las llamas consti­tuían un elemento muy impor­tante en la vida económica del Tahuantinsuyo, pues su lana ser­vía para fabricar ropa, su piel pa­ra hacer calzado, su carne para la alimentación y su fuerza corpo­ral permitía utilizarlas en el transporte de carga, aparte de lo cual eran sacrificadas con gran respeto en las ceremonias reli­giosas. La lana de dichos anima­les, convertida en tejido, signifi­caba un artículo de notable pres­tigio, que los soberanos cusqueños acostumbraban distribuir a modo de gratificación entre sus vasallos leales. La manufactura textil (que empleaba sobre todo algodón y lana) producía dos cla­ses de vestidos: la tosca ahuasca y el fino cumbi, cuyo uso depen­día de la condición social de los individuos.

Adicionalmente, cabe mencionar otras actividades económi­cas de los habitantes precolombinos. La pesca estaba difundida en muchas etnias costeñas, que aplicaban sus embarcaciones no sólo a la caza de animales marinos, sino también al intercambio de produc­tos diversos con comunidades asentadas a lo largo del litoral. Aun­que no en la dimensión que adquirió tras la ocupación española, también estaba desarrollada la explotación minera, pues se aprove­chaban yacimientos de oro, plata, cobre y otros metales, que se des­tinaban a elaborar objetos para las capas nobles. Los cerros ricos en minerales eran venerados como lugares sacros (Murra, 1978).

Fundamental importancia tenían en aquella época los depósi­tos, sitios destinados a almacenar los bienes obtenidos en cualquiera de los ramos productivos que se han señalado. Tales establecimientos servían a varios propósitos: guardar subsistencias para el consumo de la burocracia cortesana y del estamento sacerdotal; acumular provi­siones a ser utilizadas en caso de guerra; reunir productos que pudie­ran distribuirse con el objeto de “beneficiar” (recompensar) a los pueblos sojuzgados. Un tipo particular de depósito eran los tambos, especie de posadas ubicadas en los caminos a fin de que los viajeros pudieran allí descansar y alimentarse. Dicho sistema de comunicación y abastecimiento suponía la existencia de una apropiada red de ca­minos, que facilitase la conexión del Cusco con los pueblos serranos y costeños, y no hay que perder de vista que las rutas camineras —al lado de los andenes y canales de irrigación— son estimados como los mayores logros tecnológicos de la civilización incaica.

Las ciudades se levantaban generalmente en sitios rocosos, con el propósito de no ocupar tierras de sembradura, y poseían un cercano lugar de refugio, que era la pucara. No hubo tendencia a le­vantar centros poblados muy grandes. En tales núcleos se desarrolla­ba la vida de las comunidades o ayllus, que representaban la unidad demográfica y política básica del imperio incaico; eran grupos de fa­milias unidas por lazos endogá- micos, con primacía de la descen­dencia patrilineal, que remonta­ban sus orígenes a ancestros míti­cos que podían ser humanos, ani­males u objetos de la naturaleza, que merecían adoración. El ayllu contaba con parcelas alrededor del pueblo, donde todos los habi­tantes podían cultivar los bienes necesarios para su manutención.

Dentro de esas agrupacio­nes sociales los conocimientos — leyendas sobre sus antepasados, técnicas de quehaceres especiales, recomendaciones en tomo a la vi­da familiar— se trasmitían oral­mente, bajo la conducción de ciertos guardianes de la memoria colectiva. Una educación de tipo formal sólo estaba reservada a los hijos de la nobleza, que mar­chaban al Cusco para instruirse con los amautas en historia, len­gua, religión y correspondía asi­mismo a las aellas o vírgenes es­cogidas (que sí podían ser plebe­yas), las cuales eran llevadas a conventos donde aprendían a hi­lar, tejer, cocinar y preparar chi­cha, entre otras habilidades. Conforme es sabido, los quipus eran los instrumentos usados de preferencia para registrar datos importantes: en los nudos de sus cuerdas multicolores se anotaba el número de objetos guardados en los depósitos, los personajes de la genealogía, los hechos de los poemas narrativos y un sinfín de otras noticias. Eran objetos manejados por unos oficiales en­trenados desde su juventud en la conservación de tales datos.

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