Compartir

El sometimiento del Inca Atahualpa

La prisión de Atahualpa recluido desde aquella fecha en el Amaru Huasi o “casa de la serpiente”, significaba para el estado in­caico la incapacidad de movimiento de su dignatario supremo y, consecuentemente, dejaba en relativa libertad a muchos grupos ét­nicos que habían sometido por fuerza el linaje imperial quechua. Mas el príncipe regnícola, que era un hombre de despejada inteli­gencia, comenzó a urdir la trama que debería permitirle recobrar su soberanía. Sabiendo de la codicia de los peninsulares por los meta­les preciosos, ofreció al gobernador de Nueva Castilla llenar un cuar­to de oro y dos de plata, a cambio de que fuera eximido del cauti­verio. La propuesta fue aceptada por el militar extremeño, y enton­ces se remitieron dos expediciones a sendos focos de peregrinación religiosa, con el fin de apurar la recaudación del tesoro: así, Hernan­do Pizarro, partió con un grupo de jinetes al santuario costeño de Pachacámac, en tanto que otros soldados se dirigieron a recoger las piezas metálicas guardadas en el Cusco.

A todo esto, hay que indicar que aún se hallaba latente la guerra civil entre las facciones incaicas. Huáscar, mantenido en reclu­sión por los partidarios atahualpistas, perdió la vida al ser victimado y arrojado al río Andamarca, en virtud de una orden dictada por su oponente. Y es que el inca, pese a encontrarse cautivo en Cajamar­ca, todavía gozaba de extraordinario prestigio y conservaba sus fa­cultades de mando sobre los vasallos nativos. Además, las condicio­nes de su carcelería eran relativamente confortables, pues le dejaban amplio margen de contacto con españoles e indios; una carta del li­cenciado Gaspar de Espinosa escrita por este tiempo revela lo si­guiente: “la persona del cacique es la más entendida e de más capa­cidad que se a visto, e muy amigo de saber e entender nuestras co­sas; es tanta, que xuega al ajedrez harto bien … ” (Porras Barrene- chea, 1959: 66).

image_preview

Al cabo de pocas semanas venció el plazo que el recluso ha­bía señalado para llenar dos cuartos del “rescate” con oro y plata, sin que hubiera logrado —al parecer— el cumplimiento de su ofer­ta. El 10 de mayo de 1533, Pizarro y los principales dirigentes de la expedición dictaminaron la necesidad de emprender inmediata­mente la fusión de metales preciosos, pues convenía apartar la cuo­ta del botín perteneciente a la corona y remitida a la metrópoli, con el objeto de exhibir los frutos de la empresa conquistadora ante el soberano. Al hacerse la distribución del tesoro, el capitán general re­cibió 57.220 pesos de oro y 2.350 marcos de plata, cada jinete obtu­vo en promedio 8.880 pesos y 326 marcos, cada peón 4.440 pesos y 180marcos; el quinto real montó nada menos que 100.000 pesos y marcos. El único de los 168 sujetos participantes de la captura del inca que no tuvo recompensa pecuniaria fue el dominico Valver­de, puesto que sus votos de po­breza se lo impedían. ¡Qué su­culenta presa consiguieron los soldados pizarristas!

La suerte que debía co­rrer la vida de Atahualpa fue materia de serias discusiones en­tre los españoles. Después de la toma de Cajamarca, habían lle­gado a esta ciudad los oficiales de la real hacienda y unos dos­cientos hombres bajo el mando de Almagro; ellos maliciaban que si el príncipe permanecía vi­vo, se mantendría en los sucesi­vos repartos de botines el privi­legio de antigüedad ganado por los compañeros de Pizarro, y debido a esto reclamaban su ejecución. Ya que había faltado a la promesa de brindar un de­terminado caudal de metales preciosos y puesto que era cul­pable de numerosos delitos y, además, conservaba la jefatura de unas tropas enemigas —ar­güían los opositores a la supervi­vencia del inca—, era forzoso li­quidar su existencia, con miras a perpetuar el dominio adquirido por Castilla sobre este territorio.

Ciertas noticias en torno a la proximidad de guerreros ata­hualpistas generaron finalmente la realización de un sumario pro­ceso, en que el desdichado mo­narca fue acusado de rebelde, traidor, homicida, adúltero, he­reje… (su comportamiento, pues, no correspondía a las normas aprobadas en la sociedad euro­pea). En dicho juicio sirvió de in­térprete el joven Felipillo, un la­dino indio tallán, a quien le tocó expresar en quechua la senten­cia determinando que Atahual­pa había de morir en la hogue­ra, por tratarse de un infiel a Dios. Sacado para la ejecución de tal condena a la plaza de Cajamarca, el 26 de julio de 1533, el inca optó por recibir en último mo­mento el bautizo, lo cual dio lugar a que su pena de muerte en la ho­guera fuera cambiada por la del garrote, según tocaba a los cristia­nos delincuentes (Lohmann Villena, 1983). De esta suerte expiró el úl­timo gobernante del Tahuantinsuyo, siendo su cadáver enterrado en la primitiva iglesia que erigieron los ibéricos en aquella ciudad.

El siguiente objetivo de los colonizadores fue apoderarse del Cusco, el “ombligo del mundo” o capital de los incas, cuya toma afir­maría la dominación de este imperio. Al salir de Cajamarca formaban parte del séquito pizarrista el general Calcuchímac, importante mili­tar del ejército quiteño, y un hijo de Huayna Cápac, el príncipe Túpac Hualpa, a quien se proclamó como nuevo soberano incaico. La hues­te tomó el camino longitudinal de los Andes, que le permitió visitar Huamachuco, atravesar el Callejón de Huaylas, bordear el lago Junín y contemplar, en octubre de 1533 el fértil valle del Mantaro, cuya ver­de floresta causó admiración; los huancas, moradores de esta zona, se plegaron de inmediato a la causa de Pizarro, puesto que veían en la gente extranjera un medio propicio para liberarse del sojuzga- miento de los quechuas. Al llegar a Jauja, se difundió la alarma de que un nutrido contingente de soldados atahualpistas estaba en las inmediaciones, amenazando detener la marcha hacia el sur.

En Huaripampa tuvo lugar una batalla con esos viejos partida­rios del inca ejecutado, donde Almagro, Soto, Juan Pizarro y otros ji­netes consiguieron desbaratar la hostilidad de los aborígenes. Duran­te la permanencia del ejército en Jauja ocurrió la muerte del joven Túpac Hualpa, causada por envenenamiento, y no resultó difícil sos­pechar que el promotor de su desaparición había sido Calcuchímac. Pero como no existían pruebas suficientes de ello, se resolvió soltar al jefe quiteño las cadenas que lo mantenían atado, con el propósito de que saliera a gestionar una rendición de los belicosos compañeros de su bando.

Captando la importancia económica y geopolítica que tenía la comarca jaujina, Pizarro decidió instalar aquí una población cristiana: en efecto, dejó asentada una plaza militar con cabildo y ochenta ve­cinos, bajo la responsabilidad de Alonso Riquelme como teniente de gobernador. Estos habitantes fundacionales de Jauja española con­fiaban en utilizar, por cierto, la valiosa colaboración de los aliados huancas. Arreglados los elementos necesarios, la tropa prosiguió su ruta por Huancayo, la cuesta de Parcos y el pueblo de Vilcas. Impor­ta anotar que el jefe de la vanguardia, Hernando de Soto, tuvo en Vilcaconga (8 de noviembre de 1533) un desafortunado encuentro con los guerreros atahualpistas, en el cual cayeron cinco de sus subor­dinados, y al comprobarse que el taimado Calcuchímac había sido el instigador de toda la mencionada serie de refriegas, se procedió a li­quidarlo, echándolo en Jaquijahuana a la hoguera.

Hallándose el campamento levantado en la pampa de Jaqui­jahuana, virtualmente a las puertas de la capital incaica, se presentó otro hijo de Huayna Cápac, llamado Manco Inca; éste ofrecía su ayu­da militar para expulsar del Cusco a los soldados norteños comanda­dos por Quisquís y a las demás fuerzas que ocupaban dicha ciudad.

Pizarro aceptó de buena gana su cooperación y dispuso las me­didas necesarias para enfrentar la resistencia de esos oponentes. Mas luego de una violenta arre­metida de la caballería española y tras la deserción de soldados chachapoyas y cañaris, los bata­llones oriundos de Quito prefi­rieron abandonar sus puestos en la oscuridad de la noche. De esta suerte el viernes 14 de noviem­bre de 1533, bajando por el ce­rro de Carmenca, Francisco Piza­rro pudo hacer una victoriosa y pacífica entrada a la ciudad im­perial, escoltado por sus subal­ternos e indios auxiliares.

Aunque la urbe estaba casi deshabitada, pues no había más que unos cuantos sacerdo­tes y viejos orejones de los lina­jes incaicos, quedaban en pie los impresionantes edificios de pie­dra, muchos de ellos repletos de objetos metálicos y piedras pre­ciosas, que tanta atracción ejer­cían en la mente de los soldados quinientistas. En la distribución de lugares de residencia, el go­bernador de Nueva Castilla to­mó para sí el palacio de Casana, que había pertenecido otrora a Huayna Cápac; Almagro se adueñó de una mansión vecina, ubicada frente a la plaza mayor; Gonzalo Pizarro escogió como vivienda el palacete de Cora-Co- ra. Y los conquistadores de  ran­go inferior se dedicaron a sa­quear los edificios públicos, re­cogiendo joyas y objetos diver­sos que estaban en los depósitos destinados a albergar los pro­ductos más finos del imperio, sin retraerse de penetrar en el Cori- cancha o templo del Sol, ni en la casa de las vírgenes escogidas…

Dejar un Comentario