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La empresa Conquistadora de Francisco Pizarro

Las primeras informaciones sobre una tierra rica en oro, ubica­da al sur de Panamá, llegaron a noticia del capitán extremeño Vasco Núñez de Balboa cuando estaba realizando su expedición descubri­dora del mar del sur. En esta jornada sirvió como lugarteniente del capitán el trujillano Francisco Pizarro, un hombre poco adiestrado en las letras pero baquiano en la colonización del territorio americano; había llegado a Santo Domingo en 1502 como paje del gobernador de la isla Española, después intervino en diferentes empresas de conquista en la región del Caribe y hacia los años 20 del siglo XVI era uno de los más prominentes vecinos de Panamá. Pero le corres­pondió al regidor panameño Pascual de Andagoya, nombrado vi­sitador general de los indios de Castilla del Oro (1523), la fortuna de ser el primero en dominar a los nativos del señorío del Birú y de llegar con sus barcos hasta la desembocadura del río de San Juan, en la actual costa de Colombia, donde recogió noticias confirma­torias de aquel país abundante en metales preciosos.

Animado por la inquietud de hacerse rico y poderoso, Pizarro se dedicó a preparar la denominada “empresa del Levante”, que de­bería culminar en la incorporación del Perú al dominio español. Con dicho propósito, formó una compañía junto a su viejo socio Diego de Almagro, manchego propietario de tierras y ganado en Panamá, y al clérigo Hernando de Luque, que era maestrescuela de la cate­dral panameña. Según lo acordado entonces, Pizarro debería encar­garse de dirigir las tropas. Almagro sería el proveedor de soldados, víveres y pertrechos, y el clérigo tendría a su cargo la representación de la empresa ante las autoridades de Tierra Firme. De tales planes se enteró pronto el gobernador Pedrarias Dávila, quien se asoció al negocio entregando una cuota de dinero y suscribió la licencia ne­cesaria para la partida.

Fue el 13 de setiembre de 1524 la fecha en que Pizarro salió para su primer viaje perulero, haciéndose a la vela en una pequeña embarcación nombrada “Santiago”. Marchaba al frente de 112 sol­dados y algunos indios nicaraguas de servicio, con varios perros de guerra y unos cuantos caballos. Tras realizar escala en el archipiélago de las Perlas, los expedicionarios avanzaron bordeando las orillas del mar del Sur, hasta que —ya esca­sos de medios de subsistencia— saltaron a tierra en Puerto del Hambre para esperar aquí la lle­gada de más alimentos; la hues­te andaba descontenta por la in­salubridad de ese territorio y la falta de perspectivas halagüe­ñas. Como el propio término de Puerto del Hambre lo deja sos­pechar, en este sitio fallecieron más de treinta individuos a cau­sa de desnutrición, pues sólo contaban con palmitos y maris­cos para llenar sus estómagos.

Prosiguiendo la ruta cos­tera, Francisco Pizarro y sus com­pañeros arribaron en febrero de 1525 a un lugar amurallado co­nocido como el fortín del cacique de las piedras. Ingrato recuerdo les iría a producir esta etapa del camino, en una madrugada fue­ron reciamente atacados por los pobladores lugareños, armados de lanzas y flechas, haciendo re­troceder a los extranjeros. Mu­chos integrantes de la tropa ibé­rica acabaron heridos de consi­deración en el combate (entre ellos, el mismo capitán), y en vis­ta del desaliento general y de la débil protección que tenían para enfrentar los obstáculos de aquella región, resolvieron abor­dar nuevamente el “Santiago” y hacer la travesía de vuelta con rumbo a Panamá.

Por su parte. Almagro sa­lió posteriormente de la capital de Castilla del Oro, secundado por 64 hombres de guerra, y na­

vegó con dirección meridional siguiendo las trazas de sus compatrio­tas. Llegó así al mismo asiento del cacique de las piedras (rebautiza­do después como Pueblo Quemado), donde le tocó igualmente librar un encuentro con los bravos nativos; en esta batalla el capitán man- chego tuvo la desgracia de perder un ojo, a consecuencia de un cer­tero flechazo de los enemigos, y hubo de ser auxiliado por su gente para poder huir embarcándose en un barquichuelo “San Cristóbal”. Con todo, la hueste determinó avanzar más hacia el sur, de tal mane­ra que llegó por mayo de 1525 al río de San Juan, el cual anterior­mente había explorado Andagoya. En vista de que no hallaron ulte­riores evidencias del paso de gente peninsular por aquella zona, Al­magro ordenó emprender el retorno a su punto de partida, a fin de reunirse con los otros participantes en la empresa del Levante.

En la playa de Chochama, no lejos de las islas de las Perlas, se encontraron nuevamente los viejos socios. Aunque habían fracasado en su primer intento de aproximación a las ricas tierras del Perú, no se dejaron vencer por esta adversidad y comenzaron a alistar con mu­cho empeño una segunda expedición descubridora. Parece que el gobernador Pedrarias, contrariado por la pobreza del botín obteni­do, mandó brindar el reconocimiento de capitán adjunto a Diego de Almagro, quien gozaría en adelante de la misma dignidad que Piza­rro. Además, se afirma que el 10 de marzo de 1526 ambos jefes, jun­tamente con el maestrescuela Hernando de Luque, firmaron en Pa­namá un contrato para desarrollar la ansiada conquista del “reyno del Pirú”, obligándose a efectuar una distribución tripartita de las ga­nancias; pero la autenticidad de este documento, que refiere una aportación de 20.000 pesos donada por Luque, no ha sido plenamen­te certificada (Maticorena, 1966).

Hechos los arreglos pertinentes, el segundo viaje empezó con una avanzada veloz hasta el conocido río de San Juan. Al observarse que la tierra que existía más adelante era pantanosa y mal dotada de mantenimientos, se resolvió que la hueste permaneciera en dicho punto mientras Almagro iba a conseguir refuerzos en Panamá. En­tretanto, el piloto moguereño Bartolomé Ruiz recibió la comisión de navegar e inspeccionar hacia adelante en el mar del Sur: así fue que descubrió la isla del Gallo, la bahía de San Mateo, la ensenada de Coaque y la isla de Salango, habiendo traspasado la línea ecuatorial. Pero el hecho más importante de su exploración es que topó con una balsa de mercaderes indígenas, de la cual tomó lana de auquénidos, tejidos de algodón, piedras preciosas, piezas de cerámica y unos cuantos muchachos, a quienes se entrenó para servir como intérpre­tes (Szászdi, 1978). ¡Eran las primeras manifestaciones directas que ad­quirían del imperio gobernado por Huayna Cápac!

Luego de regresar Almagro con provisiones, continuó la marcha de la tropa a través de la región costeña llena de man­glares, cuyas incomodidades mortificaban naturalmente a los sol­dados. Dejándose guiar por la inspección que había desarrollado el piloto Ruiz, los expedicionarios marcharon hasta el río de Tem- pula o Santiago, adonde llegaron en julio de 1527, y ante los in­convenientes que ofrecía ese territorio acordaron hacer un esta­blecimiento provisorio en la is­la del Gallo, mientras se aguardaba la venida, de nue­va ayuda material. A estas al­turas predominaban en la hueste —compuesta de unos ochenta soldados— el desa­liento y las ganas de evitar más penurias, yendo de regre­so al istmo; pero el capitán ex­tremeño se mantenía resuelto en su convicción de no dete­nerse hasta llegar a la famosa tierra rica en oro. Como es bien sabido, los soldados tra­maron su liberación remitien­do un mensaje de queja al go­bernador de Tierra Firme, Pe­dro de los Ríos, y en un papel metido dentro de un mazo de algodón le escribieron:

“Pues, señor gobernador, mírelo bien por entero, que allá va el recogedor (Almagro) y acá queda el carnicero (Pizarro)”.

Atendiendo las reclama­ciones de los descontentos, el gobernador nombró a un emi­sario con la tarea de que obliga­se a Pizarro a retornar con todos sus compañeros a Panamá. Fue entonces, en setiembre de 1527, que tuvo lugar el célebre episo­dio de la isla del Gallo, un acon­tecimiento decisivo en la historia de la conquista del Perú y que cubrió de gloria a sus protagonistas. El capitán de la hueste llamó a los hombres más valientes a secundarlo en su empresa, negándose a obedecer lo mandado por la autoridad del istmo. Los trece que cru­zaron la raya de la fama son: Nicolás de Ribera el Viejo, Cristóbal de Peralta, Antón de Carrión, Domingo de Soraluce, Francisco de Cuéllar, Juan de la Torre, Pedro de Halcón, García de Jarén, Alonso de Brice- ño, Alonso de Molina, Gonzalo Martín de Trujillo, Martín de Paz y Pe­dro de Candia, este último de nación cretense.

Los arrojados guerreros se instalaron en la Gorgona (isla veci­na a la del Gallo) para esperar el arribo de Bartolomé Ruiz, en cuya nave deberían hacerse a la vela con rumbo al sur. Y cuando por fin llegó dicha embarcación, salieron para una feliz jornada de des­cubrimiento. Luego de pasar frente a la isla de Puná, un sitio de gran importancia estratégica y comercial, siguieron navegando hasta detenerse en Tumbes. Para visitar esta ciudad fortificada —tan llena de edificaciones militares y cercana al mar que sugirió el apelativo de Nueva Valencia— se mandó, entre otros, a Molina y a Candia, quien era un sujeto con larga experiencia de mundo; todos ellos quedaron impresionados de la ordenada arquitectura y de las muestras amis­tosas de la población, pero causaron a la vez extrañeza entre los nativos debido a sus armas de fuego, sus armaduras de metal, sus palabras raras…

Imbuidos de lógico entusiasmo, Pizarro y sus fieles seguidores continuaron la travesía con rumbo meridional. Viajando a orillas de pueblos antiguamente sujetos al reino de Chimú, se detuvieron en el puerto de Malabrigo (donde saltó a tierra un marinero) y llegaron hasta la desembocadura del río Santa, cerca del actual Chimbóte; se­guramente oyeron comentarios sobre el río valle de Chincha, cuya hegemonía político—económica se dejaba percibir en la costa central del Tahuantinsuyo. Pero a comienzos de mayo de 1528, sin animarse a proseguir más allá del Santa, resolvieron que lo más prudente era iniciar el retorno a Tierra Firme; descubierto ya por los castellanos el imperio de los incas, hacía falta un sustento bélico más poderoso pa­ra tratar de sojuzgar a este país.

Ahora tocaba preparar convenientemente la jornada definiti­va de conquista del territorio peruano. Como Pedro de los Ríos, el gobernador panameño que se había opuesto a Pizarro, no cesaba de ofrecerles tropiezos, los socios de la empresa del Levante acorda­ron que un representante viajara a la metrópoli con el objetivo de gestionar a nombre de ellos la autorización oficial para emprender su ambicioso proyecto. El personaje elegido fue el mismo Francisco Pizarro, a quien se instruyó que debía solicitar ante el monarca las si­guientes mercedes: el título de gobernador para sí mismo, el de ade­lantado para Almagro, el de obispo para Luque, el de alguacil ma­yor para Bartolomé Ruiz y otras prestantes dignidades para los tre­ce del Gallo.

En setiembre de 1528 abandonó dicho jefe el istmo centroa­mericano, dirigiéndose a España en compañía de Domingo de So­raluce y Pedro de Candia, junto con algunos muchachos indígenas de la costa peruana y media docena de auquénidos; también lleva­ba productos de metalurgia, ce­rámica y textilería incaicas. Des­pués de registrarse en Sevilla hubo de enfrentar complicacio­nes a causa de cierto litigio que tenía pendiente, pero final­mente logró recuperar la liber­tad y presentarse en Toledo —sede temporaria de la corte— ante los magistrados del Conse­jo de Indias. No le resultó difícil exponer la utilidad de la em­presa que llevaba entre manos, hecho que allanó el camino pa­ra redactar la famosa capitula­ción, que signó en la menciona­da ciudad el 26 de julio de 1529, al lado de la emperatriz Isabel, mujer de Carlos V. En virtud de este documento, Pizarro salió favorecido con los cargos de gobernador, capitán general, adelantado y alguacil mayor de Nueva Castilla, mientras que su socio Almagro sólo recibió la designación de alcaide de la fortaleza de Tumbes, Luque fue nombrado obispo de la misma ciudad y Ruiz mereció el título de piloto mayor del mar del Sur. El territorio de nueva Castilla, donde se llevaría a cabo la con­quista y población encargada a Pizarro, comprendía 200 leguas de longitud, desde el río de Santiago hasta el valle de Chincha.

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