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EN EL PUENTE DE FIERRO

EN EL PUENTE DE FIERRO

Era una tarde gris, una como cualquier otra, caminando perdido por calles añejas, olvidadas en una búsqueda infructuosa inútil y hasta el momento estéril, esperando llegar a un lugar que no sabía si existía o si la dirección que tenía era correcta, voltee por una esquina, frente a mi estaba lo que buscaba, las señas coincidían plenamente, me allegue a la entrada, no tenía timbre a la vista, dudaba entre abrir la reja y tocar la puerta de madera o tratar de enviar un mensaje de texto, indicando a tía Elizabeth que estaba en la calle y quería hablar con ella, al fin y al cabo habían pasado varios meses desde que visite la casa de Mariano Melgar, y hoy era urgente conversar con ella, no importaba que la reunión fuera por unos breves minutos. Caminé unos metros más abajo por la Avenida Parra y guiado por el instinto logré ver un intercomunicador escondido, con desconfianza lo toque, no esperaba mayor resultado, para mi sorpresa una voz algo áspera respondió, pregunté por mi tía y me dispuse a esperar.

Salió un poco nerviosa, esto no me sorprendió, creí entrever en su mirada un atisbo fugaz de urgencia, entendí que estaba ocupada, entonces le dije para

visitarla en otro momento, aceptó y cerró la puerta, quedé parado en la avenida, sin saber qué hacer, tenía mucho tiempo libre antes de reunirme con Pablo, empecé a caminar lentamente siguiendo hasta ver donde llegaba la calle, lo oportunidad se pintaba ideal para recorrer esta parte de la ciudad que me era desconocida, así que decidí descubrirla por mí mismo.

Al alcanzar la siguiente esquina, un impulso me llevó a tomar la derecha, miraba con curiosidad estos lugares que nunca había recorrido, llamó mi atención un requiebre escondido, se veía el nacimiento de una estructura, me acerqué, y al verlo reconocí el famoso puente Bolívar, más conocido como Puente de Fierro de Arequipa. Me habían hablado mucho de él, nunca lo había visto de cerca, apenas lo vislumbre en alguna ocasión cuando llegaba en tren desde el sur, y en cierta ocasión, también había observado algunos detalles de él, revisando fotos antiguas de mi abuelo Miguel, en suma no conocía en persona dicho monumento, esta vez tenía la oportunidad de hacerlo.

Un presentimiento retuvo un instante mis pasos, momentáneamente, recordé que aquella parte de Arequipa era totalmente desconocida para mí, y además esta ruta me alejaba de un rápido retorno al lugar civilizado de mi mapa mental. La curiosidad pudo más, me decidí a cruzarlo, y con sobrehumano empujón a mis piernas desde el interior de mi conciencia me dirigí al inicio del armazón antiguo.

Curiosamente desde que traspuse el límite de la calle, sentí una ligera pesadez en las piernas, lo atribuí al cansancio, había venido caminando desde el centro de la ciudad, buscando la casa de Tía Elizabeth, no hice caso a esta ligera molestia y comencé mi travesía. Al acercarme a los primeros metros del armazón, vi la factura primorosa y sobria de Eiffel en cada uno de los detalles del puente, el aire se sentía así más puro en la cima del símbolo arequipeño, aquel soplo que seguramente adquirí en mi primer vahído al mundo, el cual incorporaba a la fisiología del hombre, el gen social que ensamblaría su destino, su fuerza y amor a la tierra que lo veía nacer.

Me sorprendió el súbito cese de ruidos en el puente, la calle atrás mío debido a la hora de la tarde era muy bulliciosa, risas, autos, sonidos de ciudad. No percibía ahora nada más que una ligera brisa vespertina, y la vibración del aire a mi lado cuando pasaba un vehículo, por cierto que cuando me dejó atrás una motocicleta se rompió por un breve momento esta magia, sentí un ligero empujón hacia el vacío con el ímpetu de su velocidad. En todo caso el momento era especial, incluso el clima había sufrido alguna variación, eran las cuatro de la tarde pero al momento parecía algo más avanzado en la hora, una ligera bruma ascendía desde al piso, dando al conjunto una aura irreal, me esforcé en continuar pese a mi profunda agorafobia, guiado por las barandas del puente y por mi exaltada voluntad, en aquel momento cuando la vi.

Una larga melena envolvía su rostro, tenía un vestido que el viento ligaba estrechamente a su cuerpo dando a la escena una imagen de ficción, había visto este cuadro, y sabia donde, pero no podía creerlo, ella me sintió cercano y volteo, vi unos ojos llorosos y un rictus muy triste, indicó que no me acercara o saltaría del puente, por supuesto me detuve a prudente distancia, indagué por lo que le ocurría, porque estaba allí, si necesitaba ayuda. Dijo que no le importaba nada, que había perdido todo lo que amaba en este mundo.

Miré a mi alrededor, estábamos a mitad del puente y la niebla nos envolvía densamente, no podía visualizar nada por debajo, estábamos entre nubes, flotando en un pedazo de puente en un mar irreal, no pasaban ya los autos ni nada más, el reloj marcaba las cuatro y media, sentía mucho frio en el cuerpo, volví la mirada a ella, tratando de aparentar tranquilidad, pregunté:

¿Cómo te llamas?, ella me miró con algo más de atención y apoyándose en la baranda suavemente dijo. Me llamo Mónica.

Por un momento la situación me pareció quimérica, no quería ser parte de la segunda entrega de un cuento fantástico, miré con renovado interés a la chica y entreví un cuerpo sólido, no había allí nada etéreo no me imaginaba siguiendo a un ser incorpóreo a su morada en el camposanto, ni esperaría ver mi mochila o alguna otra prenda colgada en una la lápida del cementerio de la Apacheta.

Ella vio mi expresión y cambio su rictus de tristeza por una ligera sonrisa, dijo, ¿Tú también leíste esa historia en el Pueblo del Domingo?, todos mis amigos bromean con eso, por favor no me confundas con la aparecida de Arequipa, ella era otra Mónica y por ende, no un fantasma ni nada de aquello. Aproveché el momento para acercarme y observarla más de cerca, mi temor aún era evidente, esperaba ver derretirse su rostro y aparecer una calavera que se lanzaría sobre mí buscando una nueva víctima, solo vi un rostro con ojos profundos y labios rojos y rojos, sus mejillas muy hundidas y el rostro pálido, extendió la mano, y dijo que había cambiado de idea, que le agradaría conversar un poco antes de saltar al rio.

Al tomarla de la mano, noté el tacto tibio de su piel, aquello terminó por suspender mis temores y desconfianzas, ella tiró de mi con firmeza, conduciéndome hacia el otro lado del puente, a la zona de Arrayanes, me di cuenta que esos breves momentos en el puente había durado en realidad algo de dos horas y al ir avanzando observé que eran casi las siete de la noche en mi reloj, la oscuridad era profunda, sorprendía no ver luces alrededor y al final del puente.

Seguramente un apagón me consolé, pero aun así sorprendentemente vi faroles encendidos en la calle a la que nos acercábamos, pensé que la decoración estaba muy bien conservada en ese punto de la ciudad, lo atribuí a la cercanía del puente, pues las casas que empezaba a ver tenían todas un aire republicano muy marcado, además entreví entre sombras la proximidad de algunos paseantes, pera mi renovada confusión, su ropa era algo extraña, las mujeres tenían vestidos largos y sombreros con flores, y los hombres lucían levita y sombrero de copa, me sentía muy extraño al ver esto y traté de recordar si estábamos en alguna fecha de conmemoración, lo cual explicaría esto que empezaba a ser demasiado insólito para mí.

Mónica se aferraba a mi mano, no había dicho ninguna palabra durante nuestro trayecto hasta el final del puente, al llegar al punto donde comienza la calle, voltee a mirarla, aun mi aprensión la imaginaba deletérea y fugaz, esperando no encontrar a mi lado más que aire o aun peor una sombra flotante, pero ella estaba allí, de carne y hueso, más tranquila que el momento cuando la vi por primera vez, al dejar el puente Bolívar, pregunté si notaba la falta de luz en la ciudad, ella dijo que no entendía la pregunta, pues todo era normal, como todos los días, en ocasiones apagan algunos faroles, en ocasiones otros, pero hoy todos estaban encendidos.

La bruma se diluía, me atreví a mirar a la distancia, al otro lado del Puente. Donde yo conocía una ciudad cosmopolita y muy resplandeciente, allí solo reflejaba un conjunto de luces que refulgían tenuemente a la distancia en un espectro que de ninguna manera era el total de la urbe Arequipeña, la zona del centro y algunos conglomerados esparcidos mostraban actividad humana, pero aun así era diferente a cuanto conocía o esperaba ver, parecía que había un apagón zonificado en la ciudad, y ese razonamiento me tranquilizó.

Nos acercamos a un banco de la alameda, Mónica invitó a sentarnos un momento, dijo entonces. Quiero contarte porque estuve en el puente dijo, pero en ese momento un lejano sonido empezó a llegar a nosotros, el tren dijo, esperemos un momento y veremos si alguien conocido llega. El pitido de la locomotora se acercaba cada vez más hasta que apareció la imponente mole de la máquina a vapor, que pasó raudamente por nuestro lado y luego así como vino se perdió en la distancia, voltee hacia el puente y vi como la luz de la luna se reflejaba en las dos cintas plateadas extendidas sobre la estructura, que se prolongaban a lo largo de la calle, esto era increíble, al comenzar mi aventura, la pista vehicular se extendía sobre toda la extensión del puente, inclusive había visto taxis y otros vehículos rebasar el punto donde estaba, pero ahora mis sentidos me mostraban no solo una vía férrea sino que había visto un tren de vapor pasando, cerca de donde estábamos. En un último atisbo de cordura me dije que estaban restaurando el puente y tal habría una exposición ferroviaria, tal y como la había leído en el periódico, pero el aroma del humo de tren que aún nos rodeaban y el rumor del Chili que no estaba muy lejos me decían otra cosa.

Sabes, dijo Mónica tomándome nuevamente de la mano e intentando tranquilizarme, hoy el puente cumple 10 años de construcción y me preguntaba si…

No la dejé terminar, me paré nuevamente como impulsado por un resorte y terminando de escandalizarla… entonces eso era, diez años, las luces, el puente, las rieles, los faroles, todo encajaba perfectamente, estaba en la Arequipa del siglo diecinueve como un émulo del Yankee en la corte del rey Arturo, debí de mostrar mucha confusión porque Mónica que estaba junto a mí me miraba alarmada, me precipité al borde del malecón y observé detalles que antes resultaban mínimos, la catedral por ejemplo no tenía iluminación nocturna, no habían postes eléctricos, las calles estaban todas empedradas y cómo explicar lo del tren, detalles como esos me perturbaban, traté de dar una explicación lógica a lo extraño de esta situación, pero no se me ocurría ninguna solución, parecía estar en un sueño del cual despertaría en cualquier momento.

Mónica a mi lado me tomaba la mano y miraba angustiada hacia el horizonte, entonces dijo. Debo irme, mi padre enviara a buscarme si no llego pronto a casa. Te acompaño ofrecí caballeroso, ese siempre debía ser mi comportamiento con una dama, aún más en la aventura que tenía ante mí, ella aceptó, tomándome del brazo y con paso regular iniciamos el trayecto a su casa.

El camino no fue muy largo, entendí en ese momento porque ella conocía tan bien el Puente, a media cuadra se hallaba una casona construida de Sillar y Piedra, en sus ventanas se entreveían luces que reflejaban desde un gran salón, ella preguntó si deseaba pasar y aseguró que su familia estaría feliz de conocerme, tocamos una gran puerta adornada por una gruesa aldaba de metal, al respondernos del interior pude entrever una gran sala donde bullía un conjunto de personas ataviadas tal y como ya había visto algunas en la calle, claro que los caballeros se habían sacado sus sombreros y muy educadamente los mantenían en equilibrio en sus rodillas, a la vez que estaban correctamente sentados en sillas que tenían un diseño español, las señoras no se veían por ningún lado a excepción de algunas criadas que repartían viandas y copas entre los reunidos, y un grupo de cantantes rasgaba un yaraví en el fondo, Mónica me llevo ante un Señor con gran bigote al cual me presentó, el me estrechó la mano rudamente y se presentó como el Capitán Romero, encargado de la milicia de la ciudad.

Todo era muy surrealista, había visto al Capitán antes, su imagen estaba en un cuadro que colgaba en la pared de mi sala, debí comprenderlo antes por los rasgos familiares de Mónica, el Capitán Romero era mi Tatarabuelo, y por lo tanto Mónica era mi Bisabuela, esto era fácil de entender para mí que veía desde una óptica diferente la situación que enfrentaba actualmente, pero no para ellos que no sabían quién era yo ni de dónde venía, el Capitán inquirió por mi nombre y contesté que era un Ingeniero que estaba en la ciudad proyectando reformas en la Plaza de Armas, para instalar el nuevo invento llamado electricidad y que harían que toda la ciudad, en breve plazo, esté iluminada por las noches, esta explicación fue muy bien acogida y se me invitó a ocupar un sitio preferencial en la Mesa para la cena que se anunciaba en ese momento, Aparecieron las damas saliendo de la cocina y Mónica se sentó frente a mí al lado de su madre a quien le hacía confidencias al oído después de mirarme por momentos.

La comida fue deliciosa, como solamente la cocina natural puede transmitir a lo preparado en fogón y leña, sendos vasos de chicha y vino se escanciaban y la somnolencia invadió mis sentidos, muy amablemente se me acompañó al cuarto de huéspedes y allí en una cama rodeada de cortinas pude descansar mis excitados sentidos, mis párpados se cerraban irremediablemente y me hundí en un sopor profundo.

Soñé con el Puente de Fierro, cielo muy despejado con sol radiante, estaba en el borde dela baranda y luego de inclinarme sobre el caía hacia el rio, Mónica mirándome desde lo alto, estiraba la mano para retenerme, entonces, me estrellaba en la base de la estructura y Mónica derrama lágrimas que al caer sobre mi cuerpo se transformaban en pétalos de rosas blancas y me envolvían totalmente, entonces abrí los ojos y desperté en el piso del cuarto rodeado por las sábanas de la cama. Mónica apareciendo en la puerta, corrió a mi lado, dijo que se había asustado al escuchar el ruido de mi caída, su tibia mano acarició mi frente y en sus ojos pude ver algo que no podía ser, no ahora ni nuca, una aberración del espacio tiempo, una locura de la naturaleza histórica, la tranquilicé sobre mi estado y juntos vimos como nacía el sol, reflejándose en la cima de nuestro volcán tutelar.

Luego del desayuno el Capitán me llevó al estudio de la casa, e invitándome a tomar asiento, preguntó sobre el motivo de mi aparición en la vida de su hija, aseguré que no tenía por qué preocuparse, yo no quería nada con ella, ciertamente Mónica era muy bella, pero el atávico estigma de exclusión familiar me cerraban inconscientemente el lado romántico hacia ella, esto último no lo dije, pues no iba a ser entendido y menos el cómo había llegado a su casa, un extranjero del tiempo y de la historia que para él era un real presente, El Capitán me dirigió una triste mirada, dijo que Mónica parecía feliz a mi lado, había visto en ella una expresión que no había notado desde hace mucho tiempo, pero no podía obligar un sentimiento no nato y pidió que saliera de su vida cuanto antes fuera posible. El problema era que yo mismo no sabía cómo regresar a mi época, conté, sin revelar preámbulos poco creíbles, cómo llegué al puente, detalles sobre los momentos que había encontrado a Mónica a punto de suicidarse, Él dijo que esa no era la única vez que ella lo había intentado, también dijo que tal vez si yo desaparecía lo intentaría una vez más.

En ese momento Mónica entró al estudio y preguntó si quería caminar por la orilla del rio Chili, el día es muy hermoso dijo y la hora era oportuna para ello, acepté la invitación, salimos a la calle no sin antes despedirme del Capitán que expresó con los ojos una advertencia sobre lo que habíamos conversado anteriormente.

Ciertamente el día era hermoso, el rio límpido cantaba al arrullo de los árboles que se agachaban a beber de su fuente, Mónica tenía un lugar especial cerca del puente Bolognesi, amplias chacras se extendían en ambas riberas, el Chili se veía más ancho en su cauce, algunos chiquillos jugaban en su orilla y algunas lavanderas aprovechaban las piedras de su lecho para limpiar las ropas que llevaban consigo, al ver hacia el mismo puente, me di cuenta de algo que había comentado un amigo que ahora se antojaba muy lejano, que este puente presentaba más arcos de los que en mi tiempo futuro se veían, en estos arcos habían tenderetes de comerciantes, en el lado citadino de la estructura, más allá a lo lejos se veía el inicio de los portales de la Plaza de Armas, prometí a mí mismo visitarlos en algún momento de mi aventura que no sabía cómo terminaría o si quedaría atrapado en este lado del pasado, o presente para los demás.

El lugar especial de Mónica estaba a orillas del rio, bajo un árbol frondoso que creaba una cortina de hojas en derredor, atrapando una porción del rio en un remanso tranquilo, nos sentamos en una piedra, disfrutando del rumor de las aguas y la brisa del día, lentamente comenzó a caer el atardecer, sentí que debía decirle la verdad, primero pregunté cómo creía que iba ser Arequipa en cien años, ella sonriendo contestó que no lo imaginaba, pero seguramente todo lo que nos rodeaba estaría poblado y tal vez hasta el rio mismo no sería tan hermoso como era ahora, se quedó mirando esperando de mi parecer y entonces le dije de donde procedía, pedí que me escuchara aunque pensara que estaba loco o que pareciera una broma de mi parte, describí como había llegado hasta ella en el puente y como era mi vida en ese futuro que estaba comentando, ella escuchó pacientemente
como había pedido, aunque supe que no había creído nada de ello, señaló que era un buen tema para un libro de fantasía, ella misma había leído un autor nuevo llamado Julio Verne que tenía ideas parecidas a las mías.

Consideré que era inútil insistir, debía ser realista, ella era de una época diferente a la mía, era difícil entender un futuro que ni siquiera se entreveía, cambié de tema e iniciamos el regreso a casa, me sentía triste, sentía que pronto dejaría de verla, al llegar a casa el Capitán estaba en el pórtico de entrada conversaba con algunos de sus partidarios, al verme me saludó cordialmente y despidiéndose de sus amigos ingresó conmigo a la sala. Acercándose a un cofre que tenía sobre la chimenea, sacó un relicario con la foto de Mónica, me la entregó pidiéndome que la conservara, dijo además que volviera cuando quisiera pues sentía mucha familiaridad conmigo, y que le hubiera gustado tener un hijo como yo, me despedí entonces y salí a la calle dirigiéndome al puente de fierro en busca de mi destino.

Mónica estaba en el mismo sitio del día anterior, mirada perdida en el horizonte, manos aferrados al barandal, rictus eterno, me acerqué y ella sin voltear dijo, ¿cuánto tiempo crees que dure este puente?, no supe contestar, ella insistió. ¿En tu tiempo aún está en pie? ¿Lo cuidan?, tomé su mano y dije que no importaba cuanto tiempo pasara, siempre el puente de fierro sería un símbolo de esta época y de los momentos que había pasado con ella.

El Atardecer comenzaba, de nuevo la bruma nos rodeaba, ella soltándome volteo en dirección a la calle Bolívar y se alejó corriendo, vi cómo se perdía en la niebla del atardecer, caminé luego en dirección contraria, la oscuridad se hacía más profunda, mi cuerpo estaba insensible a todo lo que me rodeaba, entonces sentí el relicario en mi bolsillo, lo abrí y observé la foto que había en ella, ya no era la de una mujer joven, mi Bisabuela me miraba desde el medallón con una sonrisa igual a la del cuadro en mi sala, sentí un ruido a mi espalda y el puente empezó a vibrar, subí a la vereda por precaución, entonces raudamente un auto pasó por mi costado.

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