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Ciudad de Huancayo

Huancayo es una de las princi­pales ciudades de la sierra del Perú. En ella predomina el espí­ritu mercantilista de los huancas, que la ha convertido en un empo­rio de febril actividad comercial, polarizada por su famosa Feria Dominical.

Centenares de negocios se multiplican en sus tradicionales calles serranas en las que junto a las antiguas casonas de los prime­ros años de la República, se levantan edificios de atrevida arquitectura moderna.

Populosa y mestiza, la Huan­cayo actual nació -al decir de Ramiro Prialé-, “a la vera del camino”. Ha crecido sola. Con el impulso vital de su pueblo esen­cialmente cholo.

Ubicada a 3,271 m. de altura sobre el’nivel del mar, goza de un clima benigno, enclavada en el extremo sur del valle del Manta­ro, que la rodea con la belleza de su paisaje.

La espina dorsal de esta ciudad netamente comercial es, a no dudarlo, su Calle Real; la que, al decir de los estudiosos de la his­toria, era un tramo del camino real del Tahuantinsuyo.

El centro comercial de Huan­cayo se desarrolla principal­mente entre las grandes arterias de la Calle Real y el jirón Huan- cavelica.

Su lejano pasado indio y su actual vida moderna se enlazan significativamente en la Plaza Huamanmarca, donde se levanta el conjunto de bellos edificios de arquitectura moderna de su Cen­tro Cívico, en el que se alojan la Municipalidad, la Oficina de Correos, edificios comerciales, etc.

Frente a este Centro Cívico se encuentra ubicado el Hotel de Turistas, que es uno de los nume­rosos y confortables hoteles con que cuenta la ciudad.

Tiendas de artesanía, oficinas de los principales bancos del país, modernos cines, boites, etc., brindan a los viajeros las comodidades necesarias.

Sus restaurantes son famosos por su buena y abundante comi­da. Y hay barrios residenciales modernos, como el Barrio de Miraflores.

Según su etimología se cree que

la voz Huancayo significa “piedra de los huancas”, debido a una gran roca que existía en la actual Plaza de Huamanmarca.

Pero la vida de Huancayo se inicia brillantemente en el siglo XIX, con la efervescencia del espíritu libertario. Su plaza prin­cipal, donde se encuentra su Catedral, se llama Plaza Consti­tución porque allí se juró la frus­trada Carta Política Española de 1812, que ofrecía libertades a los amerindios y criollos.

Más la ciudad de Huancayo no es solamente el febril trajinar diario de su bullicioso comercio ni los rincones históricos que le brindan prestancia. Huancayo es ante todo una ciudad nutrida todavía de un folklore que reco­rre sus calles en sus fiestas y pro­cesiones religiosas, con sus huay- lías, altares y arcos de flores. Es una ciudad en la que bulle la vida del campesino del Centro metido a citadino; o de los campesinos que llegan a los comercios o a las ferias con el lejano colorido de sus pueblos.

Por ello, Huancayo es una ciu­dad distinta cuando ello sucede – y sucede muy a menudo-; pero sobre todo cuando llega el domingo y la ciudad se alborota, se viste de gala, se transforma y se trastroca con la Feria tradicio­nal.

Millares de turistas naciona­les y extranjeros, lo mismo que artesanos y comerciantes venidos de los pueblos vecinos o de leja­nas distancias, atiborran la ciu­dad. Todo el mundo compra y vende. Se llenan los restauran­tes. Y la artesanía huanca fluye en la Feria y en las tiendas como si fuera la propia sabia de la gran ciudad mestiza.

Y     no solamente en la Feria afincada en el jirón Huancavelica y sus calles adyacentes se alienta el espíritu mercantil multicolor. En centenares de tiendas, merca- dillos, etc., abundan los tejidos, platerías, frazadas, mantos … etc. Y mientras en una calle atruenan las trompetas de cuerno huamanguinas, en innumerables rincones se escucha la música cadenciosa y melancólica de un huayno. Los castillos de fuegos artificales atruenan los pueblos vecinos, estallando en la noche en las lejanas montañas.

Más no se crea que la artesa­nía -no obstante de representar la categoría por excelencia del movimiento comercial- es lo único que alienta tan formidable actividad de la ciudad. En dece­ñas de tiendas, grandes y peque­ñas, en todos los ámbitos de Huancayo -y hasta en la Feria misma- se compra y vende cente­nares de radios, máquinas de coser, refrigeradoras, calculado­ras, bicicletas, automóviles nue­vos y usados, camiones, papas, frijoles, quesos …

Millones de millones de soles se mueven en esta gran actividad comercial convertida en fiesta, o en esta gran fiesta convertida en una gigantesca ciudad-mercado. Tal es el espíritu de la ciudad. El espíritu huanca, por excelencia.

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